Un village d’artisans dans les faubourgs de Lima

Lurín es una pequeña ciudad al sur de Lima, a punto de ser absorbida por la gran metrópoli peruana. Mientras los campos dan paso a edificios de hormigón y las carreteras se llenan de coches y motos, algunas personas intentan mantener un ritmo de vida sereno, como si la llegada de la ciudad no les afectara.

Es esta calma la que se respira en el taller de Maurelio Huaraca, en este patio interior donde se dedica a moldear y pintar cerámica con el apoyo de su familia. Sin embargo, como se empeña en señalar, él mismo no es de Lurín. El nombre de su taller, "Ichimay Huari", refleja su doble herencia: "Ichima" como el pueblo amerindio que habitaba el valle de Lurín y el cercano santuario de Pachacamac, y "Huari" como el pueblo andino que habitaba la región de Ayacucho, de donde es Maurelio.

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Defender los verdaderos valores del comercio justo

Ichimay Huari forma parte de una comunidad de 25 artesanos que, juntos, han fundado un "barrio de artesanos" en Lurín, iniciativa que les ha permitido atraer a una clientela numerosa y fiel. Una serie de iniciativas que se suman a su pertenencia a la CIAP ("Central Interregional de Artesanos del Perú") para vender sus productos a un mercado internacional a un precio justo gracias al Comercio Justo.

Maurelio lo subraya : ciertas estructuras europeas de comercio justo, con el pretexto de grandes volúmenes de pedido, ponen en cuestión el precio justo que se paga a los artesanos. El movimiento Artisans du Monde, uno de los socios de la CIAP y actor histórico del Comercio Justo en Francia durante casi 50 años, se esmera en hacer un seguimiento individualizado con sus socios, asegurando una relación transparente y duradera. Los volúmenes importados por Artisans du Monde siguen siendo modestos y no se prestan a negociaciones amargas. Además, su sistema de garantía WFTO, que etiqueta no solo el producto sino todo el sector del comercio justo, exige entre sus 10 principios, el respeto al precio justo.

Una artesanía portadora de historias

Cada uno de los objetos que produce Maurelio cuenta una historia, destacada a través de los códigos QR que los acompañan en las estanterías. De hecho, la hija del artesano, consciente del don de su padre para contar historias, se ha esmerado en destacar esta ciudad alejada de artesanía, aunque ella misma admite que no tiene la energía necesaria para retomar el oficio de su padre.

Cerámica en forma de toro, casas de terracota donde los campesinos reconstruyen el techo juntos (en la tradición ancestral de la Minka - trabajo comunitario) ... Todos estos productos cuentan la historia de la región natal de Maurelio: Ayacucho. Una tierra andina conocida hoy por su belleza y el talento de sus artesanos, pero antaño infame por haber sido el corazón del conflicto armado con Sendero Luminoso.

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Maurelio, como muchos ayacuchanos, tuvo que huir de la violencia para instalarse en la capital. Esta diáspora ha permitido que el arte de su región sea famoso y reconocido en la capital. Pero algunos temen que sus secretos desaparezcan con el tiempo. No es un secreto que Maurelio y sus colegas esperan encontrar herederos en los talleres que organiza en la plaza de su barrio de artesanos...

Manuel-Antonio Monteagudo

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